sábado, 15 de diciembre de 2007

LAS MEDULAS

Tras las huellas de Plinio el Viejo

En el viaje que no hace mucho os comentaba por la provincia de Zamora, donde tuve oportunidad de ver Los Arribes de Duero, que ya os presenté, se me cruzó en el camino un lugar especial, que no había programado visitar en esta ocasión: Las Médulas.
Había oído hablar de ellas, a Luís del Olmo, pero no tenía mucha idea de que se trataba.
Confieso que cuando llegué y pude ver el paisaje que se nos presentaba delante, no sabía que pensar; me pareció propio de otro planeta o al menos de otro continente. Las suaves montañas rojas, en buena parte cubiertas de verde y las cuevas que cada poco se apreciaban en ellas, me dejó pensando en qué era lo qué tenía delante y cuál era su historia.



Pude satisfacer todas mis preguntas porque después de la visita como era ya hora de comer buscamos en Orellán, dónde hacerlo. Casualmente el dueño del único restaurante abierto y donde comimos, nos contó toda la historia de las Médulas, con ayuda de una publicación en la que él participó de forma indirecta, acompañando a los expertos autores de la misma, como conocedor de la zona.

El estudio de que os hablo lo publicó la Junta de Castilla y León, con el nombre de “La zona arqueológica de Las Médulas” y fue realizado por un grupo de arqueólogos de distintos organismos oficiales: el CSIC, la Universidad de Valladolid, la de Alfonso X el Sabio y del Patrimonio Histórico Español, a petición de Instituto de Estudios Bercianos, con sede en Ponferrada, (León)

Os confieso que me dejó impresionado y me animó a seguir profundizando en su conocimiento y sobretodo prometí volver a visitar el lugar, a ser posible sin lluvia y pasear por las cuevas y senderos, que son muchos.

Y ya paso a introduciros en el lugar y el tema, a ver que os parece.

Las Médulas como ya os he dicho es un lugar con un paisaje grandioso y espectacular formado en el antiguo monte «Medilianum», de arenas rojizas, castaños y robles, verdes. Las Médulas se sitúan en las inmediaciones del pequeño pueblo homónimo, en la provincia de León.


Cómo llegar.

La mejor manera de llegar es situarse en Ponferrada y seguir por la N-VI, dirección a La Coruña; a unos 25 Kms se toma un desvío por la N-536, dirección al Barco de Valdeorras. Después de atravesar Santalla y tomar el desvío para Villavieja, una estrecha carretera conduce, entre viñas y prados, al Castillo de Cornatel, encaramado en un peñascote piedra caliza.



Este castillo
templario fue protagonista en la novela de Enrique Gil y Carrasco: El Señor de Bembibre.


El amplio lienzo de muralla, en el que destaca la torre del homenaje, impide apreciar la verdadera naturaleza de este nido de águilas colgado sobre un enriscado de piedra caliza. Tras escalar hasta su entrada, bien definida, se accede a su irregular patio de armas, pudiendo desde allí asomarse al precipicio de Rioferreiros. Cerca de la entrada, a la derecha, quedan vestigios de lo que probablemente fue la capilla. Su historia se remonta a la Alta Edad Media (siglo XI) en que se le conoció como Castillo de Ulver.

Desde comienzos del siglo XIII estuvo en manos de los templarios de Ponferrada hasta su disolución en 1.312. Después, y tras algunas reformas, pasaría a manos de los condes de Lemos y marqueses de Villafranca.


Volviendo de nuevo a la N-536, la siguiente parada conduce al lago de Carucedo. Este lago tiene un perímetro de alrededor de 57 hectáreas, rodeado de abundante vegetación de encinas, castaños, sauces, juncos y cañaverales, en el que anidan gran número de variedades de aves. Sobre su origen se han vertido numerosas teorías, aunque hoy nadie duda de que surgiera como consecuencia del cierre del valle por los lavados auríferos de las Médulas.
Durante siglos, el lago perteneció a los monjes de Carracedo, del que extraían suculentas anguilas para su bien abastecida mesa.


Al sur, por donde rompe en épocas de crecida para desaguar por el arroyo Velado, en el término de las Pedreiras, quedan restos de una villa romana, recientemente excavada.

En esta localidad se encuentra el desvío hacia Orellán. Su mirador, nos permitirá contemplar el conjunto de las Médulas desde arriba, obteniendo una amplia panorámica del conjunto, apreciando tanto los desmontes como la red hidraúlica.



Se dominan también desde aquí distintos asentamientos arqueológicos y se aprecia cómo van variando las especies vegetales a medida que se abandona el valle y se alcanzan las montañas. La panorámica, sobrecogedora de por sí (los barrancos tienen una profundidad de más de 100 m.), es especialmente bella y misteriosa a la puesta del sol.


También desde el mirador observará a la derecha una amplia salida de bocamina. Se trata de una de las múltiples galerías excavadas en la montaña, por las que entraba repentinamente el agua provocando la erosión y el derrumbamiento de las masas aluviales, de las que se extraía el oro tras el consiguiente lavado de los lodos. Son 650 m. de longitud que puede recorrer (es necesario una linterna), desde la entrada que se encuentra al pie del mirador.


Este balcón natural es un lugar ideal para observar otros elementos que fueron fundamentales a la hora de acometer la explotación. Por ejemplo los canales, imprescindibles para trasladar el agua desde el nacimiento de los ríos. De ellos se aprecian restos en la parte alta del Monte Placías, situado al sudeste del mirador.


Aunque hoy son casi imperceptibles, es posible apreciar tres sendas que no son sino el trazado final de canales de una longitud de varios kilómetros.



Antes de ser introducida en las galerías, el agua se almacenaba en embalses cuyas compuertas se abrían en el momento oportuno para que el agua recorriera con fuerza los túneles a fin de ocasionar el derrumbe.


¿Qué son las Médulas?

Las Médulas son... una mina de oro... un Patrimonio de la Humanidad... un enclave único y una explosión de naturaleza llevada a cabo por la mano del hombre; salpicada de cuevas, galerías, canales, miradores, sistemas de explotación minera e historia... mucha historia, lo que hacen de este lugar un legado Romano único e incomparable. Hay que conocerlo.

Están situadas en la comarca de El Bierzo, cerca de la localidad de Carucedo, como ya hemos dicho. El paraje era conocido históricamente con el sobrenombre de Las Barrancas.




El espacio natural de Las Médulas presenta una fisonomía paisajística singular y muy llamativa, originada por la actividad humana sobre el propio terreno.

Este aprovechamiento, potenciado sobretodo en la época de la dominación romana con vistas a la extracción de oro, fuente de financiación del Imperio, originó un conjunto de cárcavas y barrancos de apariencia muy semejante a la actual, donde contrasta el intenso color pardo-rojizo de la tierra con el notable verde de la vegetación, que rota por la paleta cromática a medida que van avanzando las estaciones.


Un Poco de Historia

Entre los siglos I y II de nuestra era, entre el río Sil y Los Montes Aquilanos, (de estos montes ya os hablé en el capítulo dedicado al Valle del Silencio) entre romanos y esclavos, entre el brillo del oro y la transparencia del agua... encontramos una zona de enorme actividad para aquella época; una explotación en busca del dorado para Roma.

Más de 8.000 esclavos trabajando en una obra de ingeniería, en un yacimiento único.


Se trataba de una explotación aurífera que empleaba el sistema de ruina montium.
El método de “ruina montium” o arrugia” descrito por Plinio corresponde a un sistema de explotación extensivo (hoy denominado cortas de minado) que fue el empleado de forma mayoritaria en Las Médulas.

El agua se canalizaba desde el nacimiento de ríos y arroyos transportándola a depósitos (“piscinae” o “stagna”) situados en la parte alta de la montaña hasta llenarlos. En el momento oportuno, el agua se soltaba repentinamente y a su paso por las galerías abiertas en las entrañas de la montaña se conseguía la erosión y el derrumbamiento de las masas aluviales. La fuerza hidraúlica continuaba actuando, tras el derrumbe, arrastrando la masa hacia los canales de lavado, las “agogae”.

Los estériles más gruesos se eliminaban antes de penetrar en los canales (eso explica los enormes montones de cantos rodados, denominados “murias”, que se ven en todo el entorno) y los estériles más finos se encauzaban por los canales de evacuación hacia los conos de deyección de estériles o colas de lavado. De acuerdo con la descripción que hace Plinio, las “agogae” estaban hechas con gradas y cubiertas con tojo. “El arbusto es semejante al romero, áspero y capaz de retener el oro. Cierran los laterales con tablas y depositan estos matojos en sus escaleras …”


Se hallan así masas que pesan más de diez libras. Después el tojo se quema, lavándose su ceniza sobre un césped de hierba abundante para que allí se retenga el oro”. Así pues, el paso previo para conseguir que la montaña se viniera abajo era la excavación de galerías interiores lo que, sin duda, requirió la presencia de técnicos cualificados.

Se calcula que el oro extraído en la mina a lo largo de los siglos se puede estimar en unos 5.000/6.000 Kg..,

Para ello se removieron en torno a 100 millones de m3 de aluvión, lo que da idea de la magnitud de la explotación.
Un paseo por el lugar

La primera visita, antes de adentrarnos por Las Médulas, se debe hacer al Centro de Interpretación del Aula Arqueológica, donde podemos comprender y recopilar la suficiente información sobre esta explotación Romana.El Aula que pertenece a la Junta de Castilla y León, está gestionada por El Instituto de Estudios Bercianos y desde aquí se organizan visitas de grupos, guiadas, para recorrer el yacimiento, donde nos van dando una visión más clara y objetiva del conjunto

Tanto si decidimos incorporarnos a un grupo para visitar Las Médulas, como si lo hacemos por libre, en el Aula encontraremos un conocimiento del medio y de cómo y por qué lo explotaba El Imperio Romano.

Existe en ella una sala de proyección, exposiciones de los materiales que se usaban y una reconstrucción del yacimiento. Todo de un alto interés.

Los horarios de visita,son, en invierno, los sábados de 10.00 a 13.30 por la mañana y de 15.30 a 18.00 por la tarde. Mientras que en verano permanece abierto todos los días de 10.00 a 13.30 y de 16.00 a 20.00.
Para más información se puede llamar al teléfono del Instituto de Estudios Bercianos (987 401954/ 987 422848) o al Fax: (978 401954).

Nosotros por distintas circunstancias no pudimos ver a fondo el yacimiento, pero he encontrado información en la red de una visita realizada por un grupo senderista pucelano, muy ilustrativa, como guía, que paso a relataros.



Vamos a comenzar el recorrido en la localidad de Las Médulas, pueblo pequeño, “peatonal” en donde se entremezclan las casas tradicionales con las nuevas construcciones. Desde el aparcamiento, al lado del Aula Arqueológica, seguiremos la carretera que entra en el pueblo.


Justo enfrente de la fuente cubierta, abandonaremos la carretera por un camino de tierra que sale hacia la izquierda por entre tierras de labor y enseguida penetra entre los picachos arcillosos.
El camino se desvanece y nos encontramos en un sendero que, en descenso, nos llevará a “La Cueva Encantada”, restos de una mina.


Continuando el sendero llegaremos a “La Cuevona”, restos de otra mina. El sendero se hace otra vez camino y continuaremos por él hasta la carretera.

Al principio de ella tomaremos un nuevo sendero que sale hacia la izquierda, nos llevará por algunos rincones agradables y nos volverá a la carretera por la que seguiremos hacia la izquierda.

Al llegar a “La Fuente de la Tía Bibiana”, un amplio aparcamiento con una fuentecita de escaso caudal, abandonaremos la carretera por el sendero, que en fuerte pendiente, sale hacia la izquierda.

Por él subiremos hasta la parte alta de la explotación y encontraremos una pista en la que, unos 500 m a la izquierda, hay un mirador de toda la cuenca: el Mirador del Aguila.



Volviendo sobre nuestros pasos y siguiendo la pista pasaremos al lado de canales, recién excavados, y llegaremos a “Campo la Braña” donde hay merendero y, a veces, agua.
Continuaremos por el camino que, hacia la derecha, inicia pronto el descenso.

Pasaremos al lado de “Las Medulillas de Yeres”, que podemos visitar con un corto desvío.

Pasaremos por otro mirador de la parte baja de la explotación y llegaremos a la pista que une Las Médulas con Yeres que tomaremos hacia la derecha.

Pronto sale hacia la izquierda, casi hacia atrás, un camino que seguiremos hasta el lomo e iniciaremos el descenso, a nuestra derecha, por un sendero que desciende lomo abajo, hasta encontrar, ya cerca del valle, otro camino, que viene de La Balouta y que, siguiéndolo hacia la izquierda, nos lleva enseguida hasta “La Palombeira”, que constituye la boca de un desagüe de la explotación.
Hemos de regresar sobre nuestros pasos y continuar por el camino hasta La Balouta y seguir, en fuerte ascenso, siempre por el camino de la derecha. Encontraremos otra pista que cruza.

Podemos seguir al frente para visitar el “Lago Sumido” e incluso más adelante para observar la planicie de los estériles de la explotación. Siguiendo la pista a la derecha regresaremos a Las Médulas.


Habremos empleado cerca de 5 horas.

Morfología, flora y fauna

Dentro de la situación general de la Hoya Berciana, el terreno está compuesto por materiales maleables detríticos de arcillas y conglomerados de la era Terciaria.
Habría que destacar en la fauna de la zona el
jabalí, el corzo, el gato montés etc. y una avifauna superior a las cien especies, localizadas sobre todo en la vertiente del río Cabrera



Además hay que destacar la presencia de anátidas, azulones y otros, en el lago Sumido y en otras charcas de las inmediaciones, además de las abundantísimas ranas. Aseguran que también hay unas pequeñas tortugas.

Muy abundantes los castaños que, silvestres, tapizan los pies de algunas paredes y, cultivados que presentan gran tamaño y curiosas formas. Hay madroños, encinas y verdaderas extensiones de garbanzos.


Espero que pronto podais verlas "in situ" y disfrutar del paraje.


















lunes, 10 de diciembre de 2007

BOBASTRO

EL NIDO DE AGUILAS DE "UMAR IBN HAFSUN

Hoy os quiero llevar a un sitio poco conocido de la provincia de Málaga, donde podemos ver los restos que aún quedan de una ciudad-fortaleza que fue importante contra el Califato de Córdoba y donde desarrolló buena parte de su vida un personaje que acabó siendo una leyenda y un quebradero de cabeza para los Califas.
El sitio de que os hablo es Bobastro y el personaje Omar ibn Hafsun
El lugar a donde vamos se haya sobre la margen derecha del río Guadalhorce tras su salida del desfiladero de Los Gaitanes. Allí se levanta una meseta formada por conglomerados y areniscas miocénicas conocida como la Mesa de Vi­llaverde.

Actualmente sobre su cumbre se ha construido un pequeño embalse (denominado de La Encantada) del tipo de los de acumulación por bombeo de agua desde otro inferior (contraembalse) para aprovechar los exce­dentes de energía hidroeléctrica producida en horas de bajo consumo y obteniendo así una producción suple­mentaria de energía para las horas de mayor consumo.



Desde la cumbre, donde termina la carretera, se divisa un paisaje espléndido de las calizas que forman las paredes del desfiladero de Los Gaitanes y la Sierra de Huma.

Omar ibn Hafsun, era descendiente de nobles
visigodos, que tras el establecimiento de los árabes en la península ibérica optaron por seguir las enseñanzas de la ley coránica, convirtiéndose así en los llamados muladíes.



Con el apoyo de su tío Muhadir consiguió reunir una partida de mozárabes, muladíes e incluso beréberes, descontentos con la aristocracia de origen árabe dominante.

Hacia el año 850 se enfrentó abiertamente al califato y mantuvo bajo su dominio una importante zona que extendió sus límites hasta Úbeda, Priego, Ecija y la vega de Granada.

El centro de operaciones fue el inexpugnable poblado-baluarte de Bobastro, probable­mente un antiguo asentamiento íbero. Repara el Castillo y se hace fuerte con su grupo en las alturas del monte.

Desde allí orga­nizó ibn Hafsun incesantes escaramuzas contra los califas hasta su muerte, ocurrida en la época de máximo esplendor de Abderramán III.


Poco antes de morir se hizo cristiano y construyó la iglesia mozárabe excavada en la roca cuyas interesantísimas ruinas quedan hoy en pie.

La Mesa de Villaverde se sitúa en la cumbre de la Sierra de Pizarra, la cual está dividida en dos por el Arroyo Granado.

Para llegar al punto de partida hay que tomar la carretera local que va por Alora y pasa por el poblado del Chorro.
Una vez pasado el Chorro, a poco más de 1 km, se llega a la ermita de Villaverde, construida al lado de una necrópolis medieval. Conti­nuamos y a unos 800 m. se toma un desvío hacia la izquierda en el que hay un cartel indicando que las ruinas de Bobastro quedan a 5 kms.
A unos 2'7 kms. del desvío se llega al punto donde debemos dejar el coche para subir a la iglesia mozárabe.


La vereda comienza en forma de escalinata, la cual sube por los conglomerados y areniscas y nos lleva, en unos diez minutos, a la iglesia rupestre. Allí mismo se encuentra la zona conventual que apenas está exca­vada.

Está marcado con un cartel, pero debemos ir con cuidado porque es fácil no verlo.



Todo el conjunto se encuentra rodeado por una valla metálica y generalmente no hay ningún problema en traspasar el portón.)


Una vez visitada la iglesia, salimos del recinto y rodeamos la valla hacia la dere­cha. Nos situamos por detrás de la iglesia y desde aquí sale una senda excavada en la roca que, aunque hay tramos en los que desaparece, nos lleva hasta la carre­tera. Después de andar unos 100 m. se llega a la pista por la que se accede a la carretera de servicio que rodea el embalse de la Encantada.


También es posible asomarse al tajo del Buitre, para ello baja­mos por la pista que hay a la espalda de la casa donde nos encontramos.

Se continúa bordeando todo el embalse hasta llegar a un punto en el que tenemos una vista general de las casas y cuevas de Bobastro. Un poco más allá de este punto abandonamos la carretera para pasar por un almendral, procurando mantener la misma altura, y llegamos hasta las ruinas antes citadas.

Una vez visitadas las ruinas subimos por esa misma ladera hasta el punto donde se encuentra el extremo final de la carretera, al borde de la cual habíamos dejado el coche, antes de empezar a andar. La panorámica desde este punto es impresionante, con la Sierra de Huma al frente, El Chorro abajo y a la derecha un típico meandro (curva) descrito por el río Guadalhorce.

Si cruzamos la carretera podemos subir al punto más alto de la Mesa de Villaverde, 662 m., donde se encuentra el Castillón, antigua alcazaba de Bobastro.


Iniciamos el regreso bordeándolo para acceder de nuevo a la carretera y llegar al punto de partida. Si en vez de ir por la calzada, procuramos ir durante el mayor tiempo posible pegados al borde del precipi­cio, dejando la carretera a la derecha, descubrimos nuevos restos de Bobastro.

Otra posibilidad para hacer el itinerario es dejar el coche cerca del poblado de "El Chorro" y subir por una pista que hay entre la tubería de descarga y el cruce del poblado. Esta pista se convier­te en un camino zigzagueante hasta llegar al embalse de La Encantada.



La vegetación que predomina durante el trayecto en coche desde El Chorro es un bosque de pino carrasco, con escasez de arbustos.



En los alrededores de la iglesia mozárabe vuelve a aparecer el mismo tipo, con un sotobosque algo más desarrollado y en el que abunda el romero, acompañado por aulagas, manzani­lla amarga, jaras, marrubio, etc.


Las cercanías de las ruinas de Bobastro están convertidas en tierras de labor con numerosos almendros y algún olivo.

La fauna que se puede apreciar en un solo día de visita es poca aunque nos encontraremos con el papa­moscas cerrojillo, pequeño y con dos franjas alares blancas, el cual forma bandadas con machos y hem­bras separados. También es posible observar el paso de algún ave rapaz, sobre todo del buitre leonado que suele anidar en las paredes verticales del desfiladero de Los Gaitanes. Sobre las rocas no es raro descubrir a ejemplares jóvenes de la largatija ibérica con su cola azul y esparcidas por el suelo, montículos de bolitas de excre­mentos con los que los conejos suelen marcar sus territorios.































































jueves, 6 de diciembre de 2007

EL BURGO DE OSMA

POR TIERRAS DE SORIA JUNTO AL RIO DUERO.

Cuando me levanté esta mañana, me vino al recuerdo el viaje que el año pasado iniciábamos tal día como hoy hacia tierras de Castilla. Queríamos celebrar que la Coral del Corpus Christi cumplía 10 años. El viaje duró 5 días y durante el mismo vimos, he hicimos muchas cosas que ya os iré contando poco a poco. Hoy me voy a centrar en daros a conocer un pueblo, o ciudad, da lo mismo que a mi me gusta mucho y que tiene mucho sabor medieval en sus calles, en sus casas de bonita piedra de arenisca y en las maderas que forman la viguería o el granito de los pilares bajo sus evocadores soportales.
Si no habéis estado por allí os animo a que vayáis y sentiréis paseando por sus calles como os aborda el Obispo Pedro o quizas os sale al paso el rey Alfonso onceno (hasta el ordinal resulta muy de la época del personaje), o tantos y tantos personajes que la tierra dió para la historia, primero de Castilla y luego de España.

Comenzamos con sus origenes y desarrollo y conoceremos los principales monumentos. Venid conmigo.


El nombre de Osma proviene de la antigua Uxama, localizada al oeste de Osma, sobre el cerro conocido como El Castro.

El origen de este asentamiento estaría en la Edad del Hierro (siglos VI-II a.C.) en un poblado habitado por los arévacos, uno de los pueblos celtibéricos que se opuso al imperialismo romano a lo largo del siglo II a.C.
Tras la conquista romana, Uxama se convertirá en uno de los principales núcleos urbanos de la provincia Tarraconense. De esta época destacan la Casa de los Plintos, las cisternas, el tambor o el acueducto.

Con la caída del Imperio Romano, en el siglo V d.C., y el asentamiento del pueblo visigodo, el antiguo núcleo urbano romano se reducirá y se trasladará del cerro al llano, en el solar de la actual Osma, Oxoma entonces. Este núcleo mantendrá una importancia relativa, como lo prueba el que hubiera una sede episcopal al menos desde el 597.

A partir de la invasión musulmana se suceden una serie de conquistas y reconquistas; así, en el año 912, el conde castellano Gonzalo Téllez conquistó y repobló la ciudad de Osma, comenzándose, en este mismo año, la construcción del castillo; pero en el 934, los musulmanes se apoderan de nuevo de este territorio.

El siglo X fue, por tanto, un período conflictivo que terminó con dominación cristiana. En el 1101 la cristiana Osma acoge a Pedro de Bourges como primer obispo de la ciudad; el que luego sería San Pedro de Osma, mandó construir una catedral de estilo románico en un arrabal de Osma, que iría aglutinando a un pequeño núcleo de población, o burgo.

Durante el siglo XII esta pequeña villa episcopal y cultural se transformaría en El Burgo de Osma, con personalidad jurídica propia (según privilegio del rey Alfonso VIII) e independiente de Osma.

El Burgo medieval se desarrolló teniendo como centro de referencia la Catedral, reedificada a mediados del siglo XIII en estilo gótico, en torno a la que fueron surgiendo calles estrechas y serpenteantes. El elemento urbano más característico será el soportal, elemento castellano que desempeña la doble función de proteger del sol y lluvia, a la vez que da cobijo al comercio; durante el reinado de Alfonso XI se concede a esta villa el derecho de un mercado semanal que perdura actualmente.


Junto a los lienzos almenados de la muralla medieval el primer monumento notable que sale al paso de visitante que accede a la ciudad es la antigua Universidad de Santa Cata­lina, construida en estilo renacentista a mediados del siglo XVI y empleada después para funciones diversas, hasta retornar a su uso docente como Instituto de Bachillerato.



A la entrada del antiguo casco urbano, la calle Mayor, con sus casas alzadas sobre soportales. Conduce, hasta la también porticada y barroca, Plaza Mayor.



Al final de la calle, que avanza entre vis­tosos soportales apoyados sobre co­lumnas de piedra o madera, se hallan el Palacio del Obispo, con portada de arco polilobulado y un alfiz rodean­do el escudo central y el Seminario.



En ella se alzan frente por frente, el Ayuntamiento, sencillo edificio de 1768, y el más ostentoso hospital de San Agustín, reedificado en el siglo XVIII, con dos torres con cha­piteles a ambos lados de la fachada presidida por una imagen del santo, entre blasones. Ha sido restaurado para convertirlo en centro cultural.


Sin embargo, el principal monumen­to, situado en una zona que exige ur­gentes medidas para atajar su avan­zado deterioro, es la Catedral, obra de factura inicial románica, continuada a partir de 1232 por el monje clunia­cense Pedro de Osma según cáno­nes góticos.



En lo fundamental fue acabada a mediados del siglo XIV, si bien aún se le añadirían el hermoso claustro, del gótico tardío (1512), y la monumental y un tanto pesada torre barroca, de 72 m de altura, desde la que se contempla una amplísima panorámica del contorno.



En el inte­rior, de tres naves de clara influencia francesa, destacan el retablo mayor (1554), obra de Juan de Juni y Juan Picard, y la verja plateresca que cie­rra la capilla central, debida a Juan Francés (siglo XVI).
La sacristía y la llamada capilla Palafox fueron cons­truidas en el siglo XVIII por Juan de Villanueva.

El templo alberga muchas piezas de interés, como la tumba en piedra policromada de Pedro de Os­ma (1251), del que la tradición refiere muchos y portentosos milagros.


No obstante, la joya artística del lugar, que puede contemplarse en la sacristía, es el llamado Beato de Osma (1086), precioso códice que reproduce el Comentario al Apoca­lipsis de San Juan, de Beato de Lié­bana, ilustrado con espléndidas minia­turas mozárabes.



Un púlpito de mármol o las vidrieras rena­centistas, y otras muchas obras que componen el Museo Catedralicio y Diocesano, instalado en diversas dependencias situadas en torno al claustro, donde también pueden verse las mejores huellas románicas del edi­ficio: una arquería doble con arqui­voltas y capiteles magníficamente es­culpidos.


A mediados del siglo XV, el obispo oxomense Pedro de Montoya manda construir la muralla que encerrará el núcleo medieval burgense y de la que quedan restos notables en la Puerta de San Miguel; el motivo de su construcción fue por la agitada situación política y social que vivía Castilla en los años centrales de esta centuria. Aunque parece que la muralla nunca se utilizó en su aspecto defensivo, sirvió en el 1600 para salvaguardar a la villa de una terrible peste.


Los primeros años del siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia, concretamente en noviembre de 1808, entraron en el Burgo más de veinte mil soldados franceses procedentes de Aranda que se dirigían a Soria; a su paso saquearon y se dedicaron a todo tipo de actos vandálicos.
Será el comienzo de una etapa de decadencia por la que atravesará la villa burgense hasta bien entrado el siglo XX.



Por último, no lejos de la Catedral, el reciente acondicionamiento de la ribera del Ucero, a los pies de los res­tos del castillo de Osma, ha con­vertido la zona en un extenso paseo sumamente agradable.